Monday, October 12, 2009

Derramemos nuestros corazones delante de El

¿Qué tan íntima es tu vida de oración? ¿Eres tú abierto(a) y honesto(a) con el Señor cuando hablas con El?

Muchos creyentes no alcanzan una mayor intimidad con el Señor debido a que les da temor ser honestos y vulnerables delante de El. Lo que a veces sucede es que ellos quieren que Dios vea que son obedientes y que confían en El, por lo que esconden sus dudas, sus miedos y conflictos cuando están en Su presencia. Pero esto sólo lleva a un falso sentido de espiritualidad y a una falta de verdadera intimidad con el Salvador.

Cuando leemos las oraciones de hombres y mujeres de Dios en la Biblia, vemos que ellos no tenían temor de derramar sus corazones delante de El. Ellos no estaban preocupados en "guardar apariencias" ante Dios o en darle la impresión de ser "súper espirituales". Ellos entendían que en Su presencia tenían la libertad de expresar sus sentimientos más profundos, por lo cual se atrevían a alegrarse, a llorar, e inclusive a quejarse ante El. ¡Verdaderamente ellos encontraban su refugio en El! Ellos aplicaban a sus vidas aquello a lo que David nos invita a todos en el Salmo 62:8, cuando escribe:

"... ¡Derramad delante de él vuestro corazón! ¡Dios es nuestro refugio!" (RVR 1995)

En el Salmo 38 tenemos un ejemplo maravilloso de cómo David aplicaba este principio a su propia vida. Lee la siguiente oración:

"Estoy ardiendo de fiebre; no hay nada sano en mi cuerpo. Me siento débil, completamente deshecho; mi corazón gime angustiado. Ante ti, Señor, están todos mis deseos; no te son un secreto mis anhelos... Mis amigos y vecinos se apartan de mis llagas; mis parientes se mantienen a distancia. Tienden sus trampas los que quieren matarme; maquinan mi ruina los que buscan mi mal... Yo, Señor, espero en ti; tú, Señor y Dios mío, serás quien responda." (Salmo 38:7-12, 15 NVI)

Nota, primeramente, la honestidad de David. El no tiene temor de decirle a Dios la verdad de cómo se siente, y nosotros tampoco deberíamos tenerlo. El no está tratando de lucir bien o de sonar como si tuviese mucha fe; él está desesperado y quiere que Dios lo sepa. ¡El está derramando todo su corazón ante Dios!

Luego nota cuan detalladamente David describe lo que le está sucediendo. El no solo dice: "Señor, pongo mis problemas en tus manos; ayúdame." Más bien, él habla con el Señor acerca del dolor en su espalda, acerca de su falta de fuerzas, del rechazo de sus amigos, etc. El habla con Dios como si fuera aquel buen amigo al que uno llama por teléfono cuando necesita desahogarse, y nosotros deberíamos hacer lo mismo.

Por ejemplo, en vez de sólo decir: "Señor, ayúdame con mis problemas", o: "Señor, bendice, mis planes y mis sueños," tomémonos el tiempo para hablar con Dios acerca de esos problemas o acerca de esos sueños. Hablémosle al Señor sobre nuestras alegrías y nuestros sufrimientos, sobre nuestras esperanzas y nuestras frustraciones, nuestras victorias y fracasos. Recuerda que sea que tengamos dudas, resentimiento, si estamos preocupados o inclusive si nos sentimos tentados a cometer un gran pecado, podemos ser honestos con El y traerlo todo humildemente ante Su trono sabiendo que El no nos rechazará. Después de todo es allí, en Su presencia, que somos cambiados, renovados, fortalecidos, guiados y rescatados.

La Biblia enseña que Dios es nuestro Amigo (Jn. 15:13-15), nuestros Papá (Rom. 8:14-16), nuestro Amado (Rev. 19:7-8), y nuestro Dios (Jn. 20:17). Es por eso que siempre podemos ir a Su presencia confiadamente, pues allí siempre hallaremos de Su gracia su socorro.

Amado(a) Aprendamos a siempre derramar nuestros corazones sin reservas ante Dios! Yo creo en mi corazón que es cuando alcanzamos este nivel de intimidad con el Señor, que podemos experimentar la plenitud de lo que David quiso decir cuando escribió: "... me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha." (Sal. 16:11 NVI) ¡Amén!

En el amor del Señor,

Miguel A. Cañete
Tomado de: Vientos de Avivamiento.

Viviendo en el primer amor

¡Es tan fácil enfriarse espiritualmente! De hecho, es posible trabajar duro para el Señor y aun padecer persecución por El, sin darse uno cuenta de que ha dejado su primer amor. Esto es lo que le pasó a los Efesios, a quienes Jesús se dirige en Apocalipsis capítulo 2. En los versos 2 y 3 el Señor les alaba por su arduo trabajo, su perseverancia, por no tolerar la maldad, por probar a aquellos que decían ser apóstoles y no lo eran, y hasta por sufrir penalidades por el Evangelio sin desanimarse. Sin embargo, ellos habían cometido un gran pecado; un pecado que aun amenazaba su existencia como iglesia. En el versículo 4 leemos:

"Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor." (RVR 1960)

No sabemos exactamente cómo sucedió. Aparentemente, en algún momento, en medio de todo su trabajo para Dios, sus corazones comenzaron a enfriarse y perdieron su pasión por Cristo, la sed por su presencia, y el hambre por su Palabra. Y aunque le siguieron siendo fieles, en sus corazones lo abandonaron. Todo esto sucedió tan sutilmente que ellos ni se dieron cuenta de lo que les había pasado.

Es importante entender que lo mismo le puede ocurrir a cualquiera de nosotros hoy. Podemos estar bien envueltos en las actividades de la iglesia, tener un buen testimonio, e inclusive llegar a soportar persecución por Cristo; todo esto sin darnos cuenta de que ¡hemos dejado nuestro primer amor!

Es por eso que es tan importante que nos examinemos con frecuencia, confrontándonos a nosotros mismos con preguntas como: ¿Soy yo más tolerante del pecado de lo que solía serlo? ¿Anhelo meditar en la Escritura tanto como antes? ¿Deseo estar en la presencia de Dios tanto como una vez lo hice? ¿Le doy tanta importancia como solía hacerlo a lo que Dios piensa de mis acciones?

Preguntas como estas nos ayudarán a darnos cuenta si hemos perdido nuestra pasión por Dios. Y si la hemos perdido, debemos, urgentemente, seguir las instrucciones que Jesús prescribió a los creyentes de Efesos en Apocalipsis 2:5. Veamos lo que les dijo:

1) "Recuerda, por tanto, de dónde has caído..."

En otras palabras, miremos atrás y recordemos cómo era nuestra vida espiritual cuando andábamos en nuestro primer amor. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué buenos hábitos hemos quebrantado? ¿Qué costumbres negativas hemos adoptado?

2) "... Y arrepiéntete..."

Una vez que entendemos en qué hemos fallado, tenemos que confesarlo a Dios y arrepentirnos de todo corazón.

3) "... Y haz las primeras obras..."

Tenemos que retomar aquellas costumbres que una vez mantuvieron viva nuestra relación con Cristo. Disciplinas como la oración, el ayuno y la meditación diaria en las Escrituras, las cuales solían avivar nuestro amor por El.

4) "... Pues si no te arrepientes, pronto vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar."

No sabemos con exactitud qué pasará si no nos arrepentimos. Pero lo que sí es seguro es que habrán consecuencias.

Querido(a) amigo(a), es mi esperanza que esta carta te encuentre profundamente enamorado(a) del Salvador. Pero si tú eres uno(a) de los muchos creyentes cuyo amor por Dios ha menguado con el correr del tiempo, te invito a que regreses a tu Señor y a que renueves tu compromiso con El. No dejes que el mundo, tu carne o el diablo te roben la bendición de amarle con todo tu ser. ¡Hemos sido creados para amarle! Y nunca somos tan felices como cuando cumplimos ese gran propósito. Así que ve al Señor, confiésale tu pecado y decide deshacerte de todo aquello que ha alejado tu corazón de El. De esta manera experimentarás, nuevamente, la vida abundante que El ha prometido a los que le aman. (Jn. 10:10). ¡Quiera Dios que vivamos siempre en la plenitud de nuestro primer amor! ¡Amén!

En el amor del Señor,

Miguel A. Cañete
Tomado de: Vientos de Avivamiento.

El hambre que lleva al ayuno

"...Y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones." (Luc. 2:37, RVR 1960)

Por miles de años hombres y mujeres de Dios han ayunado. Moisés, Daniel, Pablo, y aun Jesús, todos ayunaron. Unos lo hicieron por 40 días y otros por un tiempo más corto, pero todos tuvieron algo en común: Su hambre por la presencia de Dios sobrepasó su hambre por la comida física. Ellos tenían hambre y sed de justicia y por ello fueron bienaventurados (Mat. 5:6).

Al ayunar algunos recibieron revelaciones especiales (Dan. 9:3-21; Ex. 34:28), algunos fueron librados de peligro (Est. 4:3; 9:25-31), mientras que otros recibieron misericordia de parte de Dios en vez de castigo (I Reyes 21:27-29; Jon. 3:5-10).

Sin embargo, en una era de tecnología y sofisticación muchos ven al ayuno como una práctica arcaica para tiempos pasados. Pero si creemos que la Biblia y su mensaje trascienden las edades, entonces, tenemos que aceptar al ayuno como una disciplina para ser practicada en el presente.

Si bien no hay ningún texto bíblico que nos mande a ayunar, (aparte del Día de la Expiación de Israel, Lev. 16) en las Escrituras encontramos muchos ejemplos de personas (incluyendo a Jesús) que practicaron el ayuno. De hecho, cuando el Señor tocó el tema durante el Sermón del Monte, El comenzó con las palabras: "Cuando ayunen..." (Mt. 6:16) asumiendo que sus seguidores ayunarían.

¿Quiénes, entonces, deben ayunar?

Aquellos que tienen la capacidad física para poder abstenerse de alimentos por un período de tiempo, y que tienen hambre de Dios y de su intervención en sus vidas. (Personas con cualquier tipo de problema físico deben consultar a su doctor antes de ayunar).

¿Por qué deberíamos ayunar?

En la Biblia las razones para el ayuno son variadas. Hay ayunos de arrepentimiento (Joel 2:12), por protección durante un viaje peligroso (Esdras 8:22-23), por un enfermo (Sal. 35:13), por liberación de la muerte (Est. 4:3), para adorar a Dios y fortalecerse en El (Luc. 2:37; Mt. 4:1-10), etc. Pero cualquiera que sea la razón, el ayuno siempre está relacionado con un urgente deseo de acercarse a Dios, de humillarse ante El, y de recibir su intervención sobrenatural.

¿Cómo deberíamos ayunar?

Hay muchas maneras de hacerlo. Algunos se abstienen de comer carne por un tiempo y sólo comen frutas y vegetales; otros no desayunan por algunos días; hay quienes hacen un ayuno completo (no comida y no bebidas) por hasta tres días, mientras que otros ayunan de vez en cuando conforme sienten que Dios les guía a hacerlo. Realmente cada quien debe decidir, en oración, cómo y cuán seguido desea ayunar.

Es importante señalar que nunca debemos dejar de comer por un tiempo mayor del que podemos soportarlo. Dios no quiere que dañemos nuestros cuerpos, los cuales, son templo del Espíritu Santo (1 Cor. 6:19-20). Es, quizás, mejor ayunar por un día, o inclusive por medio día, y hacerlo con frecuencia, que ayunar esporádicamente por períodos de tiempo mucho mayores.

Lo importante es que ayunemos y oremos. En otras palabras, no se trata de pasar hambre, sino de sustituir la comida física por alimento espiritual. Ayunamos para buscar el rostro de Dios. Nos abstenemos de nuestro "pan diario" para comer del "Pan de Vida" (Jn. 6:48). Nos refrenamos de los placeres asociados con el comer para enfocarnos intensamente en los placeres de una profunda comunión con el Salvador. Ayunamos porque tenemos hambre, hambre de Dios y de su presencia en nosotros; porque anhelamos escuchar su voz, experimentar su toque y ver su gloria. ¡Ayunamos porque queremos sumergirnos hasta lo más profundo del Río de Agua Viva que viene del cielo!

Querido(a) amigo(a), ¿Tienes hambre y sed de Dios? ¿Tienes alguna necesidad agobiante? ¿Haz desarrollado algún mal hábito que parece controlarte? Si es así, entonces, yo te invito a que hagas al ayuno parte de tu vida. No como aquellos que tratan de manipular a Dios (aunque El no puede ser manipulado, Ec. 7:13) sino con el deseo de humillarte ante El, de expresar tu necesidad urgente por su intervención en tu vida, y simplemente para adorarle. Recuerda: "Las cadenas se han de quebrantar, el corazón de pecado ha de cambiar, la vida misma se ha de transformar, ¡si el ayuno es parte de nuestro andar!" Aquel que vive una vida de ayuno y oración, sin duda verá la gloria de Dios. ¡Amén!

En el amor del Señor,

Miguel A. Cañete
Tomado de: Vientos de Avivamiento.

¿Le cuesta hallar el tiempo y tener la fuerza necesaria para orar diariamente?

Si bien es cierto que la mayoría de los creyentes en Cristo entienden que Dios quiere que sus hijos pasen tiempo a solas con El cada día, la realidad es que a muchos les cuesta dedicarle tiempo a la oración. Entre el trabajo, la familia, los amigos, y aun las actividades de la iglesia, muchas veces puede parecer imposible detenerse por un momento para estar a solas con el Señor. Por otra parte, muchos ven a la oración sólo como una obligación, cuando en realidad es uno de los más grandes privilegios que tenemos como hijos de Dios, y un arma de gran poder que El ha puesto en nuestras manos. Veamos, pues, algunas razones que creo que nos motivarán a orar diariamente.

En primer lugar deberíamos orar porque Dios anhela tener comunión con nosotros. En el libro de Cantares leemos: "Muéstrame tu rostro, hazme oir tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto." (2:14, RVR 1960) ¡Qué maravilloso privilegio! ¡El Dios Omnipotente anhela compartir con nosotros! El quiere que le hablemos de todo lo que hay en nuestros corazones (Sal. 62:8). Sí, incluyendo nuestros sueños más aburridos, aquellas preocupaciones que para los demás son insignificantes, y hasta nuestras quejas más dolorosas. El lo quiere escuchar todo. Para El nuestra voz es dulce y nuestro rostro es hermoso, ¡a pesar de lo que el espejo nos diga, o de lo que cualquier otra persona pueda opinar! Sin duda alguna esta es una buena razón para pasar mucho tiempo orando al Señor cada día.

Por otra parte, cuando oramos nuestras vidas son transformadas. Nosotros podemos poner todo nuestro empeño para ser mejores, esforzándonos para abandonar toda práctica indebida, involucrándonos en las actividades correctas y compartiendo con las personas indicadas. Pero al final tendremos que reconocer que lo único que puede transformar a un ser humano es el vivir su vida en la presencia misma del Dios Vivo. Es allí que el Espíritu Santo puede tomar la vida del creyente y, como el alfarero moldea al barro, comenzar a trabajar profundamente en aquel que ora. Es allí que nuestro lamento es cambiado en alabanza (Sal.30:11), que nuestros temores son disipados (Sal.34:4), nuestros corazones son limpiados (1 Jn. 1:9), y nuestras sendas son enderezadas (Sal.25:4-5, 8-9). Allí recibimos el poder para seguir adelante cuando las cosas se complican (Is. 49:31), y el gozo del Señor que es nuestra fortaleza (Sal.16:11). Cuando oramos Dios nos envuelve, nos toma, nos levanta y nos muestra cosas grandes y ocultas que no conocemos (Jer. 33:3).

Hermano(a), un(a) cristiano(a) que ora es un ser destinado a ver cosas que pocos ven, entender cosas que muy pocos entienden y tener experiencias que muy pocos viven. Un hombre o una mujer que ora es alguien sobre quien la mano del Todopoderoso reposará en una manera especial, y cuya vida verá la gloria de Dios.

No solo somos nosotros transformados cuando vivimos vidas de oración, también las vidas de aquéllos que nos rodean pueden ser impactadas profundamente como fruto de nuestras oraciones. Hace algún tiempo escuché el testimonio de un hombre que por obligación tuvo que asistir a un campamento de hombres cristianos. Aunque él no tenía mayor interés en el Señor, durante su tiempo en este campamento tuvo que estar en todas las reuniones que se llevaron a cabo. Pero todo siguió igual en su corazón. Sin embargo, un día a las seis de la mañana el amigo que le había invitado al retiro lo levantó para ir a una reunión de oración. El cuenta que nada especial sucedió en su interior hasta que uno de los hombres que estaba orando dijo algo como: "Señor, si hay alguien en este lugar que no se haya entregado a ti, te pido que lo haga en este mismo momento". Y Asombrosamente en ese momento su corazón se llenó de convicción de pecado y pudo ver cuanto necesitaba al Señor. Arrepentido y humillado ante El, oró en silencio pidiéndole que lo cambiara mientras entregaba su vida a los pies del Salvador y recibía el regalo de la vida eterna que Dios promete a todo aquel que cree (Jn. 3:16).

Puede que nunca comprendamos a plenitud el impacto de nuestras oraciones, pero una cosa es segura: "la oración eficaz del justo, puede mucho." (Stgo. 5:16, RVR 1960) ¡Amén!

En el amor del Señor,

Miguel A. Cañete
Tomado de: Vientos de Avivamiento.

¿Por qué ser santos?

¿Alguna vez has enfrentado una tentación que parecía ser demasiado atractiva como para rechazarla? Si es así, entonces, quizás te hallas preguntado: "¿Por qué no debo hacer esto? ¿Por qué no pecar? ¿Por qué debo ser santo?" Si bien nunca haríamos estas preguntas en voz alta, estas son interrogantes para las que es importante que tengamos una respuesta clara. ¿Por qué, pues, debemos ser santos?

Debemos ser santos porque Dios es santo (1 P. 1:16). Es un concepto simple. Si Dios es tan puro que ni siquiera puede ver el pecado (Hab. 1:13), y considerando que su Santo Espíritu vive en todos los creyentes, ¿cómo podría alguien pretender vivir una vida llena de pecado y al mismo tiempo tener una buena relación con Cristo? La Biblia es muy clara cuando nos recuerda que "si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad." (1 de Juan 1:6, RVR 1960).

También deberíamos ser santos porque el pecado es sumamente costoso. La Biblia dice:

"No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna." (Gal. 6:7-8, RVR 1960)

La realidad es que cada vez que pecamos estamos sembrando destrucción espiritual, emocional y, quizás, aun física en nuestras vidas y las de aquellos afectados por nuestros pecados. Y sin duda alguna la semilla que sembramos crecerá y se convertirá en un horrendo árbol, el cual, echará su sombra sobre nuestras vidas.

Es importante notar que las consecuencias de nuestros pecados no siempre son proporcionales con los pecados mismos. No, con frecuencia estos nos cuestan más, mucho más de lo que estamos dispuestos a pagar por ellos. Por otra parte, los mandamientos del Señor tienen el propósito de protegernos y de ayudarnos a vivir una buena vida. Estos no están diseñados para satisfacer los caprichos de un Dios egocéntrico, conforme Satanás quisiera que creyéramos. Ellos son como barandas que evitan que caigamos por un precipicio, y son el único camino a la verdadera felicidad. Por ejemplo, cuando Dios nos dice que debemos abstenernos de inmoralidad sexual (1 Tes. 4:3), no es que El no quiere que disfrutemos de la vida, sino que El sabe que las consecuencias de la inmoralidad son cosas como la gonorrea, la sífilis, el SIDA, embarazos no deseados, abortos, corazones rotos, familias destruidas y vidas infelices. Y El no quiere que pasemos por ninguna de estas cosas.

Igualmente, deberíamos ser santos porque no hay mejor manera de vivir nuestras vidas. No hay persona tan infeliz como un(a) cristiano(a) viviendo en desobediencia al Señor. Pero cuando no permitimos que el pecado nos enrede, entonces, podemos experimentar la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, y la libertad que el Espíritu Santo da a aquellos a quienes El controla (Sal. 119:165; 2 Cor. 7:9-10; Sal. 119:45; 2 Cor. 3:17). Cuando caminamos en santidad somos instrumentos poderosos en las manos de Dios, ya que en nosotros el mundo puede ver un destello de su santidad y su pureza (2 Tim. 2:20-21). Los creyentes que andan en santidad son inconmovibles, victoriosos, y gozosos. Ellos caminarán con Dios y El caminará con ellos. Ellos hablarán con El y El les responderá; y conocerán el gozo inexpresable que experimentan los que dicen "no" al mundo y a la vieja naturaleza, para seguir a Cristo.

Así que,

"Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe..." (Heb. 12:1-2, RVR 1960)

Nunca permitamos que el mundo, la carne o Satanás nos impidan disfrutar de las bendiciones eternas que hay en el vivir vidas santas delante de Aquel que nos salvó, el cual, merece nuestra reverente obediencia. ¡Amén!

En el amor del Señor,

Miguel A. Cañete
Tomado de: Vientos de Avivamiento.

Largos ratos con Dios

"Volvió luego a sus discípulos y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: --¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil." (Mt. 26:40-41 RVR 1995)

Siempre me ha llamado la atención lo que Jesús les dijo a sus discípulos cuando los encontró dormidos en Getsemaní. Al leer sobre esa noche en Mateo capítulo 26, pareciese que el Señor les estuviese diciendo: "¿Ni siquiera pudieron orar por una hora? ¡Ustedes deberían poder orar mucho más que eso! ¿Cómo esperan vencer las tentaciones que enfrentarán si no pueden orar por más de unos minutos? Es verdad que ustedes quieren vencer a la tentación y que me quieren servir, ¡pero su disposición sola no es suficiente! Necesitan aprender a permanecer en la presencia del Padre, si quieren poder vencer la debilidad de su carne."

Estas palabras de Jesús son tan relevantes para nosotros, hoy, como lo eran para sus discípulos aquella noche en Getsemaní. Porque muchos creyentes han aceptado la idea de que no es necesario vivir una vida de profunda oración para caminar en la victoria del Señor. Pero la realidad es que en un mundo lleno de tantas tentaciones es imprescindible que aprendamos a pasar la mayor cantidad de tiempo posible en la presencia de Dios, o nunca lograremos vencer los deseos de nuestra propia carne. "Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis." (Gal. 5:17 RVR 1960)

Sin embargo, a muchos de nosotros no nos es fácil el orar por más de unos pocos minutos a la vez, lo cual, en mi opinión, no se debe a que no tengamos el tiempo o el deseo de hacerlo, sino a que no sabemos cómo hacerlo.

¿Cómo, entonces, podemos llegar a pasar más tiempo en la presencia del Señor? Veamos algunos consejos prácticos:

-Lo primero que tenemos que hacer es relajarnos y simplemente hablarle a Dios acerca de lo que tenemos en nuestros corazones-- lo que sentimos, cualquier petición que traemos, alguna duda que nos está molestando, y aun alguna queja que tengamos. (Sal. 62:8)

-Evitemos utilizar un lenguaje religioso, que en muchos casos, quizás, ni entendemos bien. Más bien, hablémosle a Dios como a un buen amigo, usando nuestras propias palabras, y no como a una deidad lejana. (Jn. 15:15)

-No caigamos en la mala costumbre de hacer un sinfín de vagas peticiones, "Señor, bendice mi trabajo; bendice a todos los que te necesitan; bendice a Juan, a Luis... etc." En vez de pedir vagas "bendiciones" ¿por qué no decirle al Señor exactamente lo que tenemos en mente? (Fil. 4:6)

-Es bueno recordar que cuando oramos no tenemos que estar hablando cada momento. De hecho, la Biblia dice que "Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra. Sean, por tanto, pocas tus palabras." (Eclesiastés 5:2b RVR 1995). Qué lindo es el postrarnos en silencio reverente ante el Todopoderoso.

-Dejemos que el Espíritu nos guíe. (Judas v-20)

-Cantémosle al Señor. (Col. 3:16)

-Oremos algún Salmo, o alguna otra oración de la Biblia que capture lo que queremos decirle al Señor.

Estimado lector, si sientes que no tienes las fuerzas necesarias para vencer alguna tentación, si tu carne con frecuencia tiene más poder sobre tus acciones que el Espírtitu Santo, y si anhelas más de Dios en tu vida, entonces, quisiera invitarte a que te sumerjas en su presencia como nunca antes comenzando a pasar largos ratos en oración. ¿Qué te parece la idea de proponerte a llegar a orar por espacios de una hora o aun de más tiempo? Al hacer esto, recibirás una gran fortaleza espiritual, esas tentaciones que una vez parecieron invencibles perderán su poder sobre ti, tu fe aumentará, tu amor por Cristo será renovado, y tu vida espiritual será elevada a una nueva dimensión. Porque no hay critiano tan poderoso como aquel que aprende a vivir sobre sus rodillas. ¡Amén!

En el amor del Señor,

Miguel A. Cañete
Tomade de: Vientos de Avivamiento.

Un escudo contra las tinieblas

La Biblia enseña que tenemos un enemigo feroz. Uno que "como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar." (1 P. 5:8 RVR 1960) Uno cuyo deseo es atacarnos una y otra vez hasta poder despedazarnos como un león a su víctima. Pero, ¿puede Satanás atacarnos cada vez que así lo desee La Biblia enseña que no. Juan escribe que al cristiano, "Aquel que fue engendrado por Dios [esto es, Cristo] le guarda, y el maligno no le toca." (1 Jn. 5:18b RVR 1960) De manera que el diablo no nos puede atacar a menos que Dios, en su soberanía, se lo permita. Sin embargo, me temo que muchos creyentes están convencidos que Satanás les puede atacar cada vez que quiera. Algunos llegan al extremo de pensar que si el carro se les daña, si la computadora no les funciona, o si tienen cualquier otro problema, es por causa de un ataque satánico. Pero, ¿cómo encaja esta mentalidad con la enseñanza bíblica de que el diablo no puede ni tocarnos? ¡Pues, no encaja! Sin embargo, por alguna razón a muchos de nosotros nos cuesta creerle a Dios en este sentido.

El problema con esta falta de fe es que la Palabra de Dios enseña que la fe es nuestro escudo contra los ataques del diablo. En Efesios 6:16, Pablo escribe, "Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno". Nótese que el hecho de que Pablo nos dice que debemos "tomar" el escudo de la fe para poder detener los ataques satánicos, indica que si no lo tomamos-- si no confiamos en el Señor-- sus dardos nos podrán alcanzar. De manera que cuando decidimos no creer en las promesas de Dios -- en este caso sus promesas de protección-- es como que dejamos caer el escudo de la fe y, entonces, nuestra incredulidad nos deja expuestos a los dardos de fuego del maligno. Esta es una razón por la cual muchos creyentes son constantemente acosados por Satanás.

La historia de Job es una buena ilustración de las enseñanzas de 1 Juan 5:18 y Efesios 6:16. En ella podemos ver cómo Satanás tuvo que específicamente pedirle permiso al Señor antes de atacar a Job porque, en sus propias palabras, Dios había colocado "una valla alrededor de él, de su casa y de todo lo que tiene, por todos lados." (Job 1:10 La Biblia de las Américas) ¡Un escudo protector rodeaba a Job! Por esta causa, el diablo no podía provocar un accidente para hacerle daño a uno de sus hijos, ¡ni tampoco podía meterse con su carro o su computadora! ¡El no podía ni tocar a este hombre de Dios!

También en el Nuevo Testamento vemos cómo Jesús le dijo a Pedro: "Satanás ha pedido permiso a Dios para ponerles pruebas difíciles a todos ustedes..." (Lc. 22:31, Biblia en Lenguaje Sencillo) De manera que es claro que el enemigo no puede atacarnos a su antojo porque, como dijo David, "Jehová es mi fortaleza y mi escudo; En él confió mi corazón, y fui ayudado". (Sal. 28:7 RVR 1960) Así es, mi hermano(a), ¡Dios es un escudo alrededor de aquellos que confían en El!

Ahora bien, no quiero que entiendas que te estoy diciendo que si tenemos suficiente fe, Satanás nunca más nos volverá a atacar, porque eso no es lo que la Biblia enseña. De vez en cuando Dios permitirá que él nos ataque, lo cual, es parte de nuestro crecimiento como cristianos. Igualmente nuestros pecados pueden dar lugar al diablo. (Ef. 4:27) Sin embargo, es importante entender que la idea de que el enemigo nos puede acosar constantemente no es bíblica.

Hermano(a), es verdad que Satanás vino para "robar, matar y destruir," (Jn. 10:10a RVR 1960) pero también es cierto que Jesús vino "para deshacer las obras del diablo." (1 Jn. 3:8 RVR 1960) De manera que si tenemos una fe inconmovible en Dios, El detendrá todos sus ataques en nuestra contra y no podrá tocarnos. Y si nuestra confianza en Dios y sus promesas es nuestro escudo, Satanás nunca podrá impedirnos que vivamos una vida de victoria en el Señor, por lo cual podremos decir con el salmista: "'La palabra del Señor es intachable. Escudo es Dios a los que en él se refugian.' Y, ' Tú me libras del furor de mis enemigos...'" (Sal. 18:30, 48 NVI) ¡Amén!

En el amor del Señor,

Miguel A. Cañete
Tomado de Vientos de Avivamiento